Ya es un gran discípulo de la nueva forma de manifestar y presionar frente a una incompetente nueva forma de gobernar. A pesar de los enredos, los constantes quiebres de diálogo, las amenazas del gobierno por invocar la ley maldita de “Seguridad Interior del Estado”, entre otros detalles, los pobladores de la región de Aysén han logrado experimentar la fórmula perfecta de reclamar los problemas que aquejan como sociedad mancomunada.
Intransigencia, ley terrorista, desabastecimiento, cámara de comercio, problema, lucha, protesta, combustible e Iván Fuentes son conceptos que inundan en la cabeza colectiva por cada vez que vemos, escuchamos o leemos una noticia acerca de este proceso que lleva de corrido por más de un mes. Y tal como menciona una publicación mural libertaria, el problema radica por el notable abandono generado por el egoísmo del centralismo, cuyo fin único ha sido en vez de dar autonomía a las regiones o repartir en forma justa acordando a la situación de cada región la posibilidad de un Chile conectado y unido se frustra con el solo hecho de que la administración santiaguina es la que predomina en la toma de decisiones nacionales.
Lo hecho con Magallanes a principios del 2011 y lo marchado o protestado por las demanadas por una educación en ese mismo año jamás se han olvidado cuando un pueblo apartado marcó el presente año con un basta en el más puro estilo patagón: no tan solo se revindica para que se baje el costo de la vida y el impuesto al combustible, sino que se pide para que la zona austral pueda desarrollar, pero que a la vez esa misma zona se conviva con una noble y loable consigna ¡Patagonia Libre!
Esto no quiere decir que con esta batalla cuya mitad se vive en el dialogo y la presión y la otra en dolor y represión policial se deja de lado las demandas financieras, de desarrollo y en buena medida éticas para el área de la salud; que tanto el milenario cobre y el apetecible litio no sigan siendo mordido por los privados y sigan siendo nuestros, o que la educación no sea un factor vital si queremos que nuestro país se desarrolle, sea inteligente pero a la vez justo. Con Aysén se está demostrando una vez más que la gente ya no quiere nada de neoliberalismo, quiere otra nueva forma de vida: una forma ciudadana, participativa, social, popular, etc. Y de que para este gran cambio chileno surja, es necesario que la gente de regiones, provincias y pueblos se manifieste en cualquiera de sus envases resistentes y anti-codiciosos.
Desde la televisión “chabacana” en donde un sincero animador de La Red encara con impotencia al pececillo presidencial respaldando el derecho a cambiar manifestando y luchando en paz, hasta en las notables marchas con que demuestran los vecinos como en mi natal Concepción, de las cuales no importando si vayan 10, 500 o mil personas; cada día el sentir popular para con este pueblo joven de 90 mil habitantes se transforme el problema de ellos en nuestro problema. No seamos vanidosos diciendo que somos superiores que ellos: el costo de la vida es igual de alto, los colectivos –según encuesta periodística- de acá tienen la tarifa más alta de Chile y abunda la cesantía para aquellos cuya verdadera vocación ha sido la pesca por causa de la expropiación privada de la cuota. En fin, los ayseninos no se rinden ni siquiera con cuanto hombre verde quiera amenazar con decaer sus demandas legítimas. Ellos nos demuestran, tal como dijo una profesora de la carrera de Periodismo en mi universidad, a que seamos realmente capaces de mirar a Chile desde nuestras regiones, y no desde Santiago, y mucho menos desde un mandato déspota del Palacio de la Moneda. Aysén no se deja vencer, y lo seguirá haciendo.

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